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De AsexualpediA
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Martes, 25 de agosto de 2015

Texto escrito por Kozmik Blue

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Asexualidad: un nuevo clóset del cual salir dentro de la amplia gama de inclinaciones sexuales a las que un individuo puede subscribirse, a saber: heterosexual, homosexual, transexual, bisexual, intersexual, sapiosexual, pansexual, etc. Habiendo acuñado un mote para la ausencia total de deseo sexual (sin confundir con frigidez, una especie de ignorancia sexual) se conoce como asexuales a los individuos cuyo interés en el sexo no es meramente secundario –de lo contrario, muchas amas de casa podrían anunciarse orgullosamente como asexuales y portar camisetas cuyo objetivo sería el de desanimar al contrariado cónyuge con un pretexto alternativo al de la eterna jaqueca- sino nulo. En apariencia, no tener en mente un trasero y unas tetas o fantasear con largos y poderosos músculos pélvicos parece más que todo alguna pretensión producto del esnobismo de una sociedad cada vez más aburrida, cuya falta de recursos de entretenimiento la lleva a la extravagancia.

Sin embargo, no deja de ser llamativa la existencia en la literatura de algunos personajes notorios por su ausencia de interés en el ámbito sexual, casi siempre acompañada de ostracismo. Ahí tenemos a Rudy Waltz, el protagonista de la novela “El Francotirador” de Kurt Vonnegut, o a Grenouille, el asesino de “El perfume”, quienes harían reconsiderar su posición a cualquiera que pensase que las masas siempre se encuentran con las manos en la masa. La gente tiene el pensamiento telenovelesco de que todo en esta vida gira alrededor del amor, que no es otra cosa que lujuria justificada. Aunque los dramas televisivos se han encargado de trivializar estas nociones, la idea no es tan nueva: ya para Sigmund Freud todo tiene que ver con sexo. Entonces, ¿qué clase de gente no ubicaría el sexo como de importancia primordial en su agenda?

Mary Shelley se mantuvo virgen hasta los treinta y pico, para luego casarse y tener a la autora de Frankenstein. Esto parece decididamente asexual si consideramos que hasta ese entonces se podía tener ya casi nietos a su edad puesto que las jovencitas se desposaban casi niñas, de 13 y 14 años, mientras Mrs. Shelley estaba sólo interesada en viajar y aventurar por el mundo. Cuando uno empieza a leer El Perfume, el primer pensamiento en nuestra cabeza es el de Grenouille asesinando para violar a sus pelirrojas –y vírgenes- víctimas. Sin embargo, el único interés del psicópata era el olor. Jean-Baptiste es un fetichista. Mucho se discute si ese tipo de fetiche sería una forma falsa de asexualidad, dado que, a la larga, el objetivo es una especie de compensación sexual. Sin embargo y ateniéndonos sólo al libro –el Grenouille fílmico huele de una manera, ya no sensual sino demasiado sexual a su presa– la búsqueda de olores de este sujeto obedece a la imperiosa necesidad de suplir la carencia de olor propio para ser aceptado por una humanidad que a la larga desprecia. El libro termina con una pseudo-orgía, lo cual, para Grenouille es tan solo la confirmación del repudio que siente, y que lo hace apurar su final en medio de la muchedumbre del mercado.

Para personajes de sexualidad dudosa, Kurt Vonnegut nos ofrece en sus libros muchos ejemplos. El más conocido es Rudy Waltz, un solterón traumatizado de por vida a causa de un accidente de la infancia: asesina a una mujer embarazada con un disparo al aire desde el balcón de su mansión. Haber acabado con dos vidas, una de ellas en progreso, dejó al chico sin ganas de generar ninguna otra, visto el escarnio al que es sometido injustamente. Sin embargo, el personaje ficticio que quizá tenga más características de asexualidad es uno que raramente se menciona en las listas y es el de la enfermera Jenny Fields, madre del protagonista de la novela El Mundo Según Garp. Su deseo de un hijo sin relaciones físicas convencionales la lleva a un acto de inseminación ya no artificial, sino natural: hacerlo con un soldado moribundo quien literalmente eyacula en ella en un acto que de sexual solo tiene el intercambio de fluidos y se convierte en una de las escenas de humor negro más bizarras y graciosas que puedan leerse.

La realidad, como siempre, es más extraña que la ficción. Ahí tenemos, pues, un puñado de ejemplares sospechosamente asexuales y otros, declarados a viva voz.

El problema de este tipo de elección sexual es que la línea que divide patología de libre desarrollo de la personalidad es delgada; muchos de estos personajes comparten entre sí rasgos que al agruparse bien podrían formar el diagnóstico de un trastorno neurótico o una fobia. Muchos de los personajes de la historia cuya inclinación sexual es sospechosamente inexistente comparten rasgos que a veces parecen más bien una forma retardada de autismo (¿Asperger, quizá?) que los rasgos de una tipología de personalidad excéntrica.

  • Tendencia al ostracismo y el aislamiento. El excéntrico pianista Glenn Gould prefería comunicarse exclusivamente por cartas ya que sus congéneres lo encontraban demasiado raro para establecer contacto con él. El dibujante Edward Gorey vivía solamente rodeado de sus gatos, a quienes declaró “el amor de su vida”.
  • Devoción enfermiza por el trabajo. De esto tenemos como ejemplo a Isaac Newton, quien trabajaba intensamente hasta altas horas de la madrugada. Artistas tan prolíficos como Dalí o Morrissey también se distinguieron por sus inclinaciones abiertamente asexuales. ¿Y qué decir del techo de la capilla sixtina, monumental obra del más grande asexual de todos los tiempos, Miguel Ángel? En todo caso, esto podría tomarse como una forma de compensar con creces la naturaleza reproductiva del ser humano, siempre necesitado de engendrar, proyectarse… sus obras vienen a ser como los hijos que no tuvieron, dedicando el mismo tiempo y devoción que otros a sus críos. Para otros, semejante descarga de trabajo sólo es provocada por la ociosidad: escritores como G.B Shaw produjeron toneladas de obras de teatro y epístolas, ¿cómo no tener tiempo para escribir sin la mente ocupada, como otros, en entretener a sus parejas, hacer teteros y lavar pañales?
  • Compulsiones. El ya mencionado Gould –todo un personaje- estaba obsesionado con los gérmenes y lavaba sus manos constantemente; Oliver Sacks, conocido neurólogo y escritor de inolvidables reseñas de pacientes que rozan con la más exquisita literatura, guarda cuidadosamente en Tupper-Wares su comida de la semana y la clasifica según tipo y grupo alimenticio. Las fantasías de Franz Kafka, muy similares a las muñecas rusas, con su tendencia a pensar en la infinitud de las cosas y sus filas interminables y burocracia absurda no se alejan mucho del pensar obsesivo-compulsivo. (Aunque todos los escritores padecen obsesiones, no deja de ser curioso que la obsesión de este hayan sido compulsiones metafísicas).
  • Timidez enfermiza e incapacidad de establecer relaciones amorosas a largo plazo. Al cantante Nick Drake y al letrista de la banda Manic Street Preachers Richard J. Edwards nunca se les conoció una novia, aunque sí podrían identificarse ampliamente con aquello de las largas pláticas y afectos de años carentes de toqueteo.
  • Añoranza de la niñez como la comprobación de que “todo tiempo pasado fue mejor”… J.M Barrie, autor de Peter Pan –la más grande historia sobre inmadurez jamás escrita- nunca creció, ni por dentro ni por fuera (sufría de enanismo psicogénico). Lewis Carroll, autor de “Alicia en el país de las maravillas”, solía pasar horas decorando con muñecas y utilería los paisajes de sus sujetos a fotografiar preferidos: las niñas. El poeta y crítico social John Ruskin se divorció de su mujer tras varios años de matrimonio sin consumar sus votos para ir a encapricharse con una niña de nueve años, algunos dicen que para sentirse a salvo al saber que esta no querría ningún contacto físico. De nuevo, la línea que separa la neurosis de un tipo de personalidad original es diminuta: ¿no nos estaremos acercando en este caso a la pederastia? Antes de su muerte, a nadie se le ocurría definir a Michael Jackson como asexual, sólo como un aberrante y cínico toqueteador de niños con obscuras inclinaciones homosexuales. Recién hemos venido a saber que aquella demanda por abuso sexual no era más que una farsa orquestada para sacarle dinero.
  • Indiferencia –e incluso disgusto y/o fobia- hacia las relaciones y falta absoluta de celos. Paul Bowles y Salvador Dalí se negaban a acostarse con sus respectivas mujeres, aunque con desparpajo absoluto permitían que éstas tuvieran todos los amantes que quisieran. No en vano se dice que muchos asexuales aceptan el sexo en pareja como una manera de retenerla pero realmente no desean contacto físico alguno.

Los asexuales constituyen el 1% de la población mundial. Una abrumadora minoría. Un asexual es visto como un raro pajarraco, la mosca en la leche, el punto negro en la pared blanca. Desean establecer relaciones afectivas que no tengan el acostumbrado final de la cópula. Algunos sienten asco, otros simplemente pasan de eso. ¿Podrán ellos definir el amor como unas “mariposillas en el estómago”?

El problema de ser asexual es salir del clóset. Un homosexual teme divulgar su condición por miedo a la discriminación y el asco que muchas personas profesan hacia ellos, pero en los asexuales la cosa consiste en que nadie les cree, así que se convierten en el hazmerreír de avezados heterosexuales, tomándolo como una manera que alguien hipócrita ha encontrado para tapar sus verdaderas inclinaciones homosexuales o pedófilas.

En su citada auto-biografía, “Una Sospechosa Sexual”, Jenny Fields menciona que «quería un trabajo y quería vivir sola, eso me hizo una sospechosa sexual. Quería un bebé, pero no quería tener que compartir mi cuerpo o mi vida para tenerlo. Eso me hizo una sospechosa sexual también». Dentro de las infinitas posibilidades sexuales para un ser humano, quizá la más ambigua y por ende, sospechosa, sea la asexualidad. Puede ser porque, curiosamente, no representa una elección en lo absoluto.